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Santa Francisca Romana y su encuentro con ángeles
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Esta santa, nacida en Roma hacia 1384 y canonizada en el año 1608, suele ser exhibida en representaciones iconográficas con una toga oscura y un velo inmaculado, llevando una canasta de alimentos en el brazo y siempre acompañada de su ángel guardián. Se la considera patrona de conductores; su fiesta se celebra cada 9 de marzo.

La vida de Santa Francisca Romana fue redactada por el cura John Matteotti, el sacerdote confidente a quien apeló durante los diez últimos años de su vida. Esta biografía presenta numerosas revelaciones y visiones de su ángel custodio, por quien Francisca sentía enorme devoción, y a quien alega haber visto caminando a su lado desde pequeña, guiándola en el camino.

Santa Francisca Romana y su encuentro con ángeles
Santa Francisca Romana y su encuentro con ángeles

REVELACIONES Y VISIONES

Desde niña, Francisca fue favorecida con la gracia de poder observar a su ángel custodio, que velaba por su salud permanentemente. Según indica el documento de Matteotti, nunca la dejó sola e incluso hasta permitió que contemplara su nívea imagen en más de una oportunidad.

La figura del ángel es caracterizada por Santa Francisca Romana de la siguiente manera: "Tenía una hermosura increíble, una piel más clara que la nieve y un rubor que superaba el arrebol de las rosas. Sus ojos estaban siempre abiertos y miraban al cielo, mientras su extenso cabello de bucles era del color del oro bruñido. Su manto llegaba hasta el suelo, de color blanco azulado o con resplandores rojizos. Irradiaba una enorme luminosidad aun en plena noche”.

En sus confesiones, Santa Francisca cuenta una anécdota de su padre, quien dudaba de la veracidad de los dichos de su hija y en una oportunidad le pidió que le presentara a ese “amigo imaginario”. Entonces la niña tomó al ángel de la mano y se la acercó a la de su padre. Así los presentó, y éste pudo verlo.

PLEGARIA AL ÁNGEL CUSTODIO

Ángel santo de la guarda,
compañero de mi vida,
tú que nunca me abandonas,
ni de noche ni de día.
Aunque espíritu invisible,
sé que te hallas a mi lado,
escuchas mis oraciones
y cuentas todos mis pasos.

En las sombras de la noche,
me defiendes del demonio,
tendiendo sobre mi pecho
tus alas de nácar y oro.
Ángel de Dios, que yo escuche
tu mensaje y que lo siga,
que vaya siempre contigo
hacia Dios, que me lo envía.

Testigo de lo invisible,
presencia del cielo amiga,
gracias por tu fiel custodia,
gracias por tu compañía.
En presencia de los ángeles,
suba al cielo nuestro canto:
gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.

Amén.

Incluido en el Himno de la Liturgia de las Horas

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