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El Duende De Lorca

Los duendes son criaturas mitológicas que comulgan con la naturaleza rural: vigilantes de bosques, guardianes de animales y plantas. Integran la raza conocida como “feérica” al igual que los trolls, las hadas y los elfos, que fueron popularizados a través de los mitos celtas y nórdicos.

El Duende De Lorca

El Duende De Lorca

El escritor andaluz Federico García Lorca desarrolló una teoría estética donde despliega sus ideas acerca del proceso de creación artística en relación al “misterio de los duendes”. En “El teatro y la teoría del Duende”, conferencia dictada primero en Buenos Aires y luego en La Habana, en el año 1933, Lorca explica que el gran arte depende de un conocimiento cercano de la muerte, de la conexión con los orígenes de una nación y de un reconocimiento de las limitaciones del raciocinio.

El “duende”, para los andaluces, alude a la interpretación subliminal de la tauromaquia (el arte de los toros) así como de cualquier otro fenómeno como el baile o el cante. Estas manifestaciones transportan al artista a una experiencia “de la muerte”, ya que evadirse del tiempo implica tocar el fin de la existencia. El arte que nace de la mera reproducción de formas es opuesto al “arte del duende”.

Según Lorca, la obra de arte inspirada por el duende nos comunica la esencia del mundo, como sucede con la música de los cantaores flamencos. En su conferencia “juego y teoría del duende”, Federico García Lorca los califica de la siguiente manera:

“…En toda Andalucía, roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo descubre en cuanto sale con instinto eficaz. El maravilloso cantaor El Lebrijano, creador de la Debla, decía: «Los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo»; la vieja bailarina gitana La Malena exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach: «¡Ole! ¡Eso tiene duende!», y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: «Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende». Y no hay verdad más grande.

Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: «Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica».

Así, pues, el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: «El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies». Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.

Este «poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica» es, en suma, el espíritu de la sierra, el mismo duende que abrazó el corazón de Nietzsche, que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente Rialto o en la música de Bizet, sin encontrarlo y sin saber que el duende que él perseguía había saltado de los misteriosos griegos a las bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la siguiriya de Silverio.

Así, pues, no quiero que nadie confunda al duende con el demonio teológico de la duda, al que Lutero, con un sentimiento báquico, le arrojó un frasco de tinta en Nuremberg, ni con el diablo católico, destructor y poco inteligente, que se disfraza de perra para entrar en los conventos, ni con el mono parlante que lleva el truchimán de Cervantes, en la comedia de los celos y las selvas de Andalucía.

No. El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.”

Cuentos De Hadas Y Crítica Social

Además de volver a narrar los cuentos tradicionales, los escritores victorianos inventaron nuevas historias de hadas para niños, valiéndose de los clichés del folklore fantástico nativo. Es decir: desarrollaron “hipertextos” de un “hipotexto” popular.

Cuentos De Hadas Y Crítica Social

Cuentos De Hadas Y Crítica Social

Algunos títulos son “El rey del río dorado”, de John Ruskin, “La historia de Tom Thumb”, de Carlota Yonge, “El extraordinario negocio Goblin”, de Christina Rossetti, “Los bebés del agua”, de Charles Kingsley, “La princesa y el goblin”, de George Macdonald y “Puck, de la colina de Pook”, de Rudyard Kipling.

El folklorista John Zipes clasificó la ficción infantil en un libro que publicó hacia el año 1860, estableciendo dos tipos básicos: las historias convencionales y las historias que aportan una nueva imaginería.

Aun cuando varios relatos innoven dentro del género -por ejemplo, las historias de hadas de Juana Ingelow o los cuentos de fantasmas de María Louisa Molesworth– la mayoría retoma estereotipos clásicos de duendes que vuelan como mariposas.

George Macdonald, Lewis Carroll, Oscar Wilde, Lorenzo Housman, Maddox Ford, Edith Nesbit -especialmente en sus últimos trabajos- y muchos otros escritores gestaron mágicos cuentos que pueden ser interpretados como ácidas críticas de las costumbres victorianas, en clave alegórica o subliminal, promoviendo la posibilidad de una sociedad mejor.

En estas historias, los duendes revolotean por las calles de Londres; en vez de las típicas escenas bucólicas, las hadas habitan galerías urbanas.

Muchas de ellas piden limosna, viven como vagabundas, carecen de hogar, conviven con hombres y mujeres desesperados por falta de trabajo y vivienda, todos ellos desalojados por la nueva economía capitalista.

En el círculo de las artes visuales, siguiendo los pasos de los pintores del siglo XVIII, artistas como Noël Paton, John Anster Fitzgerald,  Ricardo Dadd, Ricardo Doyle, Daniel Maclise, Tomás Heatherly,  Leonor Fortesque-Brickdale y muchos otros inauguraron el estilo pictórico que podríamos llamar “duendesco” o “hadesco”.

Música Y Ballet De Hadas

Arthur Rackham, Edmund Dulac, Warwick Goble, los hermanos Robinson,  Jessie M.  Rey y otros tantos ilustradores produjeron una maravillosa imaginería sobre hadas entre finales del siglo XIX y principios del XX. Jessie M. Rey, por ejemplo, sostiene que sus bellas ilustraciones sobre duendes derivan de las visiones paranormales de su “tercer ojo”.

Música Y Ballet De Hadas

Música Y Ballet De Hadas

Antes del auge de la televisión y del cine, el teatro, el baile clásico y la ópera victorianas tuvieron gran relevancia como vías de entretenimiento popular.

Hacia el año 1830, el nuevo baile clásico del Romanticismo -el ballet- emocionó amplias audiencias en Londres con producciones que dramatizaban cuentos amorosos protagonizados por seres humanos y hadas. Presentaba innovaciones como el perfeccionamiento en las técnicas de iluminación y de la coreografía de danza.

Una suntuosa producción fue La Sylphide, la historia trágica de un mortal que se enamora de una sílfide de menor jerarquía social. En el teatro, los juegos de los duendes fueron elaborados con efectos especiales que despertaron gran interés.

La música de hadas fue otro fenómeno popular, importado de Alemania (especialmente de las “óperas de hadas” escritas por Weber sobre Oberon, las ondinas de Hoffman  y la obertura de Mendelssohn sobre Sueño de una noche de verano).

La música de las hadas utilizaba mayoritariamente el arpa. Sin embargo, el baile y la música “mágica” alcanzaron su máxima expresión con Tchaikovsky, el brillante compositor ruso, quien popularizó en Londres sus bailes clásicos de fábula (como Swan Lakes, The Sleeping Beauty y The Nutcracker). Sus obras ganaron el afecto del público victoriano hacia el ballet mágico y fantasioso.

En la literatura, los duendes anunciaron su presencia en numerosos libros publicados durante la citada época victoriana (escritos por Thackaray Ritchie, Lord Tennyson o William Morris). También se desarrolló una notable poesía sobre hadas célticas escrita por William Sharp y William Butler Yeats

En los tiempos victorianos  los niños pasaron de ser considerados intrínsecamente inocentes a ser intrínsecamente pecaminosos; la infancia se convirtió en una “edad dorada extra”, un tiempo de caprichosas exploraciones propias de la edad adulta.

Hasta que, durante el siglo XIX, los aburridos libros de instrucción moral fueron reemplazados por nuevas colecciones de fábulas europeas escritas por los Hermanos Grimm y Hans Christian Andersen, cuyos cuentos mágicos se afianzaron rápidamente en las islas británicas y esfumaron las temáticas sexuales de las lecturas infantiles.

Duendes Nórdicos

La descripción más temprana de los duendes proviene de la mitología nórdica. De allí se conserva el nombre “álfar”, aunque la creencia en estas criaturas maravillosas era muy común entre las tribus germánicas y los antiguos escandinavos.

Duendes Nórdicos

Duendes Nórdicos

Los duendes parecen compartir muchas características con los seres humano, con la diferencia de que aquéllos son siempre muy hermosos. Suele aludirse a estas criaturas como seres semi-divinos asociados a la fertilidad y al culto de los antepasados. Se los relaciona con la creencia animista y espiritista de la naturaleza y de los difuntos, muy común en casi todas las religiones humanas. Allí se remonta la vieja creencia nórdica en los fylgjur y vörðar, espíritus protectores.

Algunos investigadores sostienen que los duendes son el equivalente germánico de las ninfas de la mitología griega y romana, así como el “vili” y el “rusalki” de la mitología Eslavita.

El mitógrafo e historiador irlandés Snorri Sturluson se refiere a los enanos (“dvergar”) como los “duendes oscuros” (“dökkálfar”) o “duendes negros” (“svartálfar”); si este uso refleja una creencia escandinava medieval más amplia, esto es incierto.

Los duendes que no son oscuros son descritos por Snorri como “duendes de la luz” (“ljósálfar”). Este uso ha estado conectado a menudo con la relación etimológica de los duendes con la blancura. En las Eddas se afirma que “hay un lugar allí en el cielo que se llama la casa del duende (Álfheimr).

La gente que vive allí es conocida como “los duendes ligeros! (ljósálfar) mientras que los duendes oscuros (dökkálfar) habitan bajo la tierra.

La certeza de la existencia de los duendes en la mitología nórdica -además de la labor de Snorri- se funda en la poesía “Skaldic”, el Edda poético y las sagas legendarias. Aquí, los duendes aparecen vinculados al “Æsir”, particularmente con la frase “Æsir y los duendes”, que significa “todos los dioses”.

Además, estos seres mágicos han sido comparados o identificados con los “Vanir” -los dioses nórdicos de la fertilidad- por algunos eruditos. Sin embargo, en el Alvíssmál (los Refranes de Todos los Sabios) los duendes son considerados muy ajenos a “Vanir” y a “Æsir”. Por lo tanto, existen diferentes versiones sobre su procedencia y función natural.

Posiblemente, tales palabras designan una diferencia en el estatus que existe entre los dioses principales de la fertilidad (el Vanir) y los de menor importancia (los duendes).

Varias fuerzas menores, tales como los criados de los dioses, se presentan en los mitos nórdicos Byggvir y Beyla, que mencionan la existencia de “Freyr”, el señor de los duendes.

Algunos especulan que “Vanir” y los duendes pertenecen a una religión nórdica anterior a la edad de bronce escandinava, y que fueron substituidos más adelante por los dioses principales “Æsir”.

Otras notables investigaciones -especialmente las de Georges Dumézil- discuten que el “Vanir” fuera uno de los dioses de los hombres nórdicos comunes, y que el “Æsir” fuera el dios de las castas de sacerdotes y guerreros.

La Quimera en Calabozos y Dragones

Sociedad y ecología

La Quimera, al ser un híbrido, combina las preferencias de un león, una cabra y un dragón en su hábitat, sociedad y ecología. La parte draconiana de su naturaleza lo mueve a preferir las cuevas como guarida. Aparentemente las partes de dragón y las del león están en conflicto, ya que algunas Quimeras viven en soledad mientras que otras prefieren los grupos pequeños, como los leones.

La Quimera en Calabozos y Dragones

La Quimera en Calabozos y Dragones

El monstruo es omnívoro. La cabeza de cabra se alimenta de las plantas más fuertes y se nutre a partir de la vegetación más estéril, mientras que las cabezas de león y dragón sólo quedan satisfechas alimentándose de carne. La Quimera caza cada tres o cuatro días y usa su inteligencia limitada y su fuerza para ganar ventaja sobre sus presas. Al tener un apetito voraz, a veces ronda por territorios que alcanzan las veinte millas a la redonda.

Tigre Furioso
Tigre Furioso

Como su naturaleza es maligna, la Quimera disfruta atacar a los hombres, los elfos, los duendes y los medianos. Incluso ataca a otros monstruos en su búsqueda de alimento. Cualquiera que entre a su territorio se convierte en una presa potencial.

La Quimera no puede resistirse a atacar a grupos de viajeros o a monstruos por otra razón: su naturaleza draconiana desea los tesoros que su presa puede llevar. Aunque no los usa para nada, le gusta acumular las monedas en su guarida. Sin embargo, sus tesoros no llegan a ser como los de un verdadero dragón, porque consisten principalmente en monedas de plata y cobre, además de algunas joyas y objetos mágicos.

La Quimera cumple el rol tanto de omnívoro como de predador en su ecosistema. Se adapta muy bien a los distintos espacios. Durante tiempos de escasez de presas, la quimera puede vivir con una dieta vegetariana.