- Una Casandra Literaria

 

 

 
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Una Casandra Literaria
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La muerte no entrará en palacio (1957) es una pieza teatral en la que René Marqués hace patente su vocación nacionalista -era miembro del citado Partido Nacionalista Puertorriqueño- y la aguda crítica que ejerce sobre los mecanismos de dominación colonial. Integrante del grupo conocido como la Generación del ´40, cuyo líder fue Lorenzo Homar, trabajó en el área de educación y tuvo polémicos conflictos con el gobierno de Luis Muñoz Marín.

Fue durante el gobierno de este político que se firmó el documento que convirtió a Puerto Rico de “colonia” en “protectorado”. En la mencionada obra teatral, Marqués retoma elementos del teatro clásico: los episodios desencadenantes estén enmarcados por los parlamentos de una sacerdotisa y de un adivino: Teresias y Casandra.

La muerte no entrará en palacio es un texto enmarcado: comienza con una profecía de Tiresias y se cierra con el cumplimiento de su pronóstico. Desde el principio, Casandra se anuncia como un personaje que ejecutará un “gesto histórico” -si hiciéramos un relevamiento de la frecuencia con que la palabra Historia aparece en el texto, notaríamos que su insistencia es demasiado significativa como para ser obviada-. Dice Tiresias, en la primera escena:

“Así veo el cuadro. Así veo yo a Casandra (Pausa) No ha sucedido. Pero sucederá (…) ¡Es el tiempo que fluye para convertirse en historia! (…) Para que la realidad se convierta en esto, es preciso que alguien, consciente o inconscientemente, infrinja el orden moral del universo. Para que Casandra se convierta en mármol, es preciso que el equilibrio moral se haya roto mucho antes de que ella realice el acto histórico” (Marqués, 1957: 313-315).

La profetisa Casandra, en la mitología griega, recibe una maldición del dios Apolo: nadie creerá en su don ni en sus pronósticos. Por eso, ante su anuncio de la inminente caída de Troya, ningún ciudadano da crédito a sus vaticinios.

Una Casandra Literaria
Una Casandra Literaria

En la obra de Marqués, estos atributos son trasladados a la hija de Don José: al principio vaticina la felicidad del pueblo y la esperanza de su amor con Alberto. Pero es esta chica “insignificante” (como la califican las mujeres de alta alcurnia que asisten a la firma de la nueva constitución del protectorado), crédula y optimista quien, tras la anagnórisis del cuadro final, reconoce su papel en la tragedia, infringe el “orden moral del universo” -la moira griega- y efectúa el gesto histórico: matar a su padre, el gobernador Don José, la ficcionalización del Muñoz histórico, el tirano imperialista enmascarado bajo el ropaje del liberador de Puerto Rico que encarna lo que podríamos llamar un sistema de “cesarismo democrático”.

El momento desencadenante -y esperanzador para el futuro de Puerto Rico- se hace evidente en la respuesta que Casandra ofrece al discurso de su padre, ante el Comisionado del Norte:

“Don José: Nos hemos reunido aquí esta noche en un acto que ha de ser de importancia trascendental en la historia de nuestro pueblo (…) Resulta conmovedor, hondamente conmovedor, que el gran país del Norte, en el instante mismo de demostrar su máxima generosidad, su grandeza espiritual, la realización en esta Isla de sus más entrañables principios de libertad, igualdad y fraternidad humanas, desee hacerlo sin aparatosidad ni protocolo (…) Con el advenimiento del Protectorado no sólo desmiente la nación del Norte las injustas acusaciones de imperialista que viciosamente le lanzan sus enemigos, sino que el pueblo de esta Isla, ese pueblo noble y bueno, ese pueblo que yo tanto admiro porque ha sido… digno, sí, tan digno siempre a lo largo de su historia, realiza al fin sus más caras aspiraciones” (Marqués, 1957: 410-411).

Luego de la firma -que representaría la muerte de los ideales independentistas y la patria traicionada en el palacio, una metáfora de Puerto Rico- aparece Casandra en escena, con la ropa manchada con la sangre de Alberto, ya consciente de su rol en el argumento de la historia/Historia:

“Casandra: He venido a tu celebración, padre. He venido a lucir tu capa negra en la noche más negra de mi vida (…) ¡La muerte ya entró en palacio, padre!  (…) ¡ésa es mi voz! ¡La voz de mi mundo arrasado por ti! La voz de tus ideales muertos, de nuestra patria entregada, de mi amor asesinado” (Marqués, 1957: 414-415)

Suenan tres disparos y el rostro de don José se crispa de dolor. Con intervenciones del coro femenino y masculino, comentarista de la acción y de los pasajes más emotivos, a la manera de coro griego, Tiresias confirma su pronóstico: “Y sucedió. La Historia de los hombres perpetuó lo implacable de Tu fallo. ¡Por amor y por dolor Casandra es ya inmortal!” (Marqués, 1957: 370).

Cabe mencionar que, a pesar de la presencia y el rescate que René Marqués hace de referencias clásicas, en su drama existe una cosmovisión no teñida del determinismo griego. Hay esperanza de cambio; la muerte del tirano a manos de su propia sangre es una señal. Tiresias defiende el libre albedrío de los ciudadanos y se transforma en portador de la ilusión colectiva. Doña Isabel dice “Ay padrino, padrino nuestro. Dios me castiga por haber aceptado un destino que no era el mío”.

Porque conoce el poder absoluto de la divinidad -la sophrosyne- Doña Isabel teme haber cometido hybris (es decir, un acto que merece castigo y condena de la justicia divina) por haberse alejado de la moira predestinada, luego de casarse con Don José. Lo dice porque, con su matrimonio, desdeñó su condición campesina para pasar a vivir en el “palacio”. Sin embargo Tiresias le responde “nada ni nadie puede imponernos un destino: lo escogemos nosotros mismos” (Marqués, 1967: 350).