El Minotauro de Julio Cortázar El escritor argentino Julio Cortázar escribió su pieza teatral Los reyes en el año 1949. Ésta propone otra original variante del tópico taurino. En una entrevista, el escritor se refiere al génesis de la obra de la siguiente manera: “La idea nació en un colectivo (…) Un día, volviendo a mi casa, en un viaje en que te aburres, sentí la presencia de algo que resultó ser pura mitología griega. Le doy la razón a Jung y a su teoría de los arquetipos: todo está en nosotros. Hay una especie de memoria de los antepasados y, por ahí, anda un archibisabuelo tuyo que vivió en Creta, 4000 mil años antes de Cristo y, a través de los genes y cromosomas, te manda algo que corresponde a su tiempo y no al tuyo, y tú, sin darte cuenta, escribes un cuento o una novela y en realidad estás transmitiendo un mensaje muy antiguo y muy arcaico (…) No sé encontrar otra explicación, aparte de que es una obra muy bonita”.
A diferencia del comportamiento siniestro del feroz minotauro griego, el de Cortázar es un ser inocente que espera ansiosamente la entrada de los atenienses para jugar y danzar con ellos. Cuenta Cortázar que “esta inversión del tema, era una cosa un poco heterodoxa y causó un cierto escándalo en medios académicos, pero a mí me divirtió escribirla. Aunque incluso el lenguaje parece que viene de alguien que no soy yo. Los reyes está escrito en un lenguaje muy suntuoso…” Otro de los elementos polémicos es la presencia explícita del incesto. Ariadna, en la versión cortazariana, se enamora de su hermano bestial. Otorga a Teseo el ovillo no con el objetivo de que éste asesine a la bestia y pueda salir, sino para que el minotauro mate a Teseo y pueda él mismo salir al exterior para reencontrarse con la princesa amante. A continuación transcribimos algunos pasajes de la obra, donde se torna evidente la soledad y el dolor de este “prisionero”: “Oh sus dolidos monólogos de palacio, que los guardias escuchaban asombrados sin comprender. Su profundo recitar de repetido oleaje, su gusto por las nomenclaturas celestes y el catálogo de las hierbas. Las comía, pensativo, y después las nombraba con secreta delicia, como si el sabor de los tallos le hubiera revelado el nombre... Alzaba la entera enumeración sagrada de los astros, y con el nacer de un nuevo día parecía olvidarse, como si también en su memoria fuera el alba adelgazando las estrellas. Y a la siguiente noche se complacía en instaurar una nueva nominación, ordenar el espacio sonoro en efímeras constelaciones...” “Envuelto en el silencio vacuno que ha presidido su amargo crecimiento, paseará con los brazos cruzados sobre el pecho, mugiendo despacio.” “Habrá tanto sol en los patios del palacio. Aquí el sol parece plegarse a la forma de mi encierro, volverse sinuoso y furtivo. ¡Y el agua! Extraño tanto al agua, era la única que aceptaba el beso de mi belfo. Se llevaba mis sueños como una mano tibia. Mira qué seco es esto, qué blanco y duro, qué cantar de estatua.” Siguiente tema:
Picasso, el Minotauro y la Tauromaquia
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