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Numerosos autores han reelaborado o adaptado el cuento Caperucita roja. Por ejemplo, Andrew Lang reescribió la historia bajo el título “La verdadera historia de la Pequeña Caperucita Dorada”, afirmando que los relatos previos habían deformado la realidad: la niña se había salvado, pero no gracias al cazador. Cuando el lobo intentó comérsela, su boca se quemó por efecto de la caperuza dorada que ella vestía, la cual estaba encantada.

Bruno Bettelheim, en su obra sobre Los usos de los encantamientos, interpretó el adorno de la pequeña caperuza roja a partir del psicoanálisis freudiano clásico, que demuestra cómo los cuentos de hadas educan, apoyan y liberan las emociones de niños.

Durante el siglo XX, las escuelas de la teoría crítica freudiana, de la Deconstrucción y los enfoques feministas analizaron los mensajes subliminales de tales adaptaciones modernas de cuentos infantiles, muchas veces perversos.

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Del LIBRO DE LOS HOMBRES LOBO
Escrito por SABINE BARING-GOULD
Smith, Elder & Co., London
1865

Otro caso es el de Peter Stubb, que vivía cerca de Colonia, Alemania, en el año 1573. Su confesión tuvo lugar después de las torturas que sufrió en la cárcel. Allí afirmó que había comenzado a practicar artes ocultas a los doce años: afirmó que el Diablo le había entregado una correa mágica que le permitía transformarse en un robusto lobo.

También confesó haber aterrorizado el campo donde pastaban los ganados así como haber asesinado a trece niños y a dos mujeres embarazadas, rasgando los fetos de sus matrices y comiéndolos. Además, reconoció haber cometido incesto con su hija y tener varias amantes. Su apetito sexual seguía estando insatisfecho, por eso el diablo le envió un súcubo como reemplazante.

Sus escapadas se repitieron durante veinticinco años hasta que un grupo de cazadores lo siguió mientras era lobo. Lo reconocieron al verlo usar la correa y volver a adquirir su aspecto humano. Como los jueces no pudieron hallar nunca esa cadena mágica, él alegó que se la había llevado el mismo Diablo, para que no pudiera ser encontrada por nadie.

Aunque su caso terminó sin poder ser comprobado, el hombre-lobo Stubb fue ejecutado de manera repugnante por ejercer la licantropía: lo condenaron a sufrir el desgarramiento de su carne y de sus huesos en diez diferentes partes del cuerpo. Los torturadores utilizaron terrazas candentes y después rompieron sus brazos y sus piernas con un hacha de cortar árboles. Finalmente, fue decapitado y quemado en la hoguera.

Juzgaron también a su hija y a una amante por ser cómplices de sus horribles matanzas y ambas sufrieron horribles muertes, también en la hoguera.

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