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Supersticiones en Torno a los Vampiros
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Elizabeth Bathory –conocida como La Condesa Sangrienta– era la esposa de un conde que siempre estaba ausente debido a su intervención en sucesivas guerras. Como la condesa se aburría de esta forma de vida, y de la eterna espera, comenzó a estudiar Magia Negra. Este aprendizaje la condujo a siniestros experimentos que luego explicaremos.

Cuando el primo de la condesa registró la ausencia de un número considerable de mujeres, sospechó de las extrañas conductas de Elizabeth y envió un escuadrón de soldados para capturarla.

Probada su culpabilidad, Elizabeth ahorró la ejecución por tener sangre real, pero fue condenada a vivir el resto de su vida encerrada en una torre, con las puertas y ventanas cerradas. Sus cómplices fueron todos ejecutados.

La historia de Bathory nutrió numerosas leyendas sobre el vampirismo e inspiró a varios escritores. El elevado nivel de sadismo de la condesa, sumado a la pobreza y al analfabetismo de la población de aquellos tiempos, contribuyeron a la proliferación de las supersticiones acerca de los vampiros y del hombre lobo en Europa Oriental y Meridional.

Elizabeth Barthory

Elizabeth Bathory en su baño de sangre

Supersticiones en Torno a los Vampiros
Supersticiones en Torno a los Vampiros

La creencia en los "Vrykolakas" (nombre eslavo asignado a los “hombres lobo”) y la superstición de los vampiros son dos mitos entroncados e indisociables.

La palabra “vampiro” se acuñó recién hacia el año 1726, luego de una tremenda plaga de murciélagos. Primero fue creada en alemán, Vanpir, tal como revela un informe acerca de un caso de “vampirismo”. Este vocablo derivó luego en el francés “vampyre”, hacia 1732. Finalmente nació la palabra inglesa “vampire”.

Los intelectuales y racionalistastas del siglo XVIII –también llamado el Siglo de las Luces– se esmeraron por destruir supercherías y creencias infundadas. Los eruditos, los doctores, los filósofos y los miembros de la Iglesia cuestionaron la existencia de “cómplices” del Diablo.

Un monje benedictino francés conocido como Calmet publicó una obra donde cuestionó la verdad de los vampiros. Pero tanta atención brindada a estos seres fabulosos sólo promovió el fanatismo exacerbado: muchas personas de los países europeos subdesarrollados comenzaron a usar las cejas juntas –para imitar el rostro de los vampiros– y también dejaron cabello en el dorso de sus palmas.

Para atrapar vampiros se utilizaban vírgenes montadas sobre caballos pura sangre (totalmente blancos o absolutamente negros) para hacer de señuelos. También se creía que el caballo comenzaría a relinchar y a alzarse cuando estuviera de pie sobre la tumba de un vampiro.

Otras supercherías indican que la cruza de un vampiro con un mortal podía engendrar nuevos vampiros. La gente comenzó, entonces, a tomar precauciones especiales, tales como colocar un clavo de hierro en la frente de un cadáver, untar su cuerpo con grasa de cerdo o colocar una cabeza de ajo dentro de su boca.

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